REFLEXIONES

La romantización de la historia es un daño terrible que nos hacemos a diario al justificar lo injustificable por el logro de un ideal “noble”.

A los seres humanos esclavizados se les convence que su naturaleza define su rol en la sociedad, es así como se justifica la esclavitud de personas por su origen o su linaje. En esto participa la religión y la moral, no como liberadora en un principio sino como una especie de grillete mental para los pueblos: “Pecador me concibió mi madre” no es muy diferente a “ser esclavos porque desciendes de esclavos”.

Y en el caso del cristianismo es incluso una negación a Cristo mismo perpetuar esta idea que dice tan poco de un Dios que se entregó por hacernos libres.

Los movimientos libertarios también hay que mirarlos con lupa e hilar delgado, porque, habiendo interiorizado las miles de falacias que nos hemos inventado año tras año para justificar el dominio sobre el otro, estos movimientos no están exentos de estas culpas, precisamente porque el motivo para oponerse a los sistemas en ocasiones carece de buenas intenciones, no porque quien lo lidera carezca de ellas sino porque está tan metido el asunto de la romantización de la historia que se van al extremo, demonizando a un lado y santificado al otro.

Eso sin contar los beneficios económicos y morales de una lucha.

Me explico.

Los abolicionistas luchaban porque acabara la esclavitud, pero eso no implicaba que reconocieran al negro como un igual. La prueba está en las luchas que aún tenemos como pueblo en diversos países para el reconocimiento de derechos básicos y ese lastre en el imaginario popular de que los negros no son iguales.

Y lo mismo parece ocurrir en algunas secciones del feminismo actual: luchan por la mujer empobrecida, pero al mismo tiempo la empobrecen perpetuando conceptos como que no pueden decidir lo que les conviene porque un ente superior no solo les ha oprimido por siglos, cosa que es innegable, sino que además le limita sus capacidades cognitivas y decisorias.

Es así como sacamos una ley del aborto legal basado en estadísticas de mujeres empobrecidas por el sistema, pero no promovemos una ley que asegure que todas podamos tener acceso a una educación sexual y reproductiva de calidad que garantice que podamos tomar la decisión que mejor nos convenga antes de relaciones sexuales.

¿Acaso creemos que la pobreza inhibe la capacidad para aprender de estas mujeres?

Lo más triste de esta situación es que la justificamos.

Ambas partes usamos la sangre de los caídos como razón para más confrontaciones, avivamos el fuego con sus memorias, inyectamos odio e ira en los que irán a las marchas, tanto fuerza pública como civiles, deshumanizamos a todos por igual para que, tanto marchantes como policías, no vean al ser humano sino a la bestia que les quiere arrancar todo.

Cuando en realidad la bestia no marcha ni usa uniforme policial. Ella se sienta a observar cómo perpetuamos la violencia que nos ha carcomido desde siempre y que no nos deja ver otro camino más que la que a ellos y ellas les sirva. Mientras nos trinan y nos adoctrinan, mientras justifican el sacrificio de hombres y mujeres por sus intereses.

Así lo hicieron los caudillos independentistas que ahora nos avergüenzan, así lo hicieron los guerrilleros que ahora condenamos, es el mismo método que usaron en Roma para justificar las masacres a barbaros y cristianos, el mismo que usaron los cristianos para apoyar la esclavitud.

¿Hasta cuándo pensaremos en otro camino? ¿Cuánto más debe pasar para comprender que la vida debe ser protegida, que ninguna causa vale más que una vida? ¿Cuánta más sangre tenemos que derramar para comprender que no cambiaremos nada sino cambiamos la forma en cómo pensamos?

Se engañan quienes piensan que cambiar de super héroe evitará otro derramamiento de sangre, porque el problema es que seguimos pensando que los derechos y libertades deben conquistarse a través del conflicto y con ello ampliando el rojo de la bandera. ¿Acaso no podemos encontrar otra menos dolorosa?

No es posible que la sangre de mi contrincante valga menos que la mía, que el dolor de madres, padres, esposas, esposos, hijos y familiares del otro vale menos que el de los míos.

Hay que parar, hay que buscar otra manera.


Foto de Gabriella Clare Marino en Unsplash

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